La fiesta gitana se hizo durante el Festival Cervantino

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“Nuestro corazón ya es mexicano”, dijeron Mónika Lakatos y la agrupación Romengo al presentarse ante miles de personas en la Alhóndiga de Granaditas

Por: Redacción Vallarta Independiente. La fiesta gitana se hizo la víspera en la explanada y la gradería de la Alhóndiga de Granaditas en esta ciudad colonial, al amable conjuro de la voz inigualable, de bello timbre y agradable tono, de la máxima exponente de los cantos y lamentos gitanos, Mónika Lakatos.

Acompañada por su grupo Romengo, llegó al escenario con su cargamento de tradición y cultura musical, la misma que abrevó de su familia y gente que desde pequeña la cobijó en su pueblo natal, La Roma, en Hungría. Desde el primer minuto, Lakatos y sus cinco músicos derramaron alegría en ese espacio.

Miembros de la comunidad húngara radicada en México se hicieron presentes para ver y escuchar a los artistas. Pero no sólo para eso. También querían bailar y poner a bailar al resto de los asistentes. Dos músicos, en sus respectivas oportunidades, dieron un paso al frente para ejecutar sus bailes tradicionales más puros.

Eso detonó que los húngaros apiñonados entre el público, mayoritariamente jóvenes, se pusieran de pie, y entre gritos, risas y coreografías con claras reminiscencias de sus bailes ancestrales, estallaran la fiesta. Primero entre ellos y luego con guanajuatenses que se les unieron, hicieron la fila que bordeó la sillería de la explanada.

Los músicos mientras tanto, en frenética interpretación musical, supieron acompañar a los entusiastas y entregados espontáneos reían a carcajada batiente, bailaban, brincaba y se abrazaban para hacer una trenza humana que irradió alegría; Mónika Lakatos bailó con un cómplice de lides artísticas e invitó al público al escenario.

Eso, sin embargo, no fue todo. Antes del clímax, los húngaros invitaron al joven músico Alejandro Preiser, integrante y compositor de la agrupación mexicana Triciclo Circus Band. Con su banjo, puso las primeras notas eufóricas y pendió la mecha de la fiesta generalizada que sacudió cuerpos y liberó conciencias.

“Buenas noches… México es un país bonito… nuestros corazones ya son de México”, había dicho minutos antes uno de los músicos en un español que si bien no perfecto, sí entendible y por lo mismo, valorado y apreciado por todos los asistentes. Esta fue la primera visita de Mónika Lakatos al país.

La trajo el Festival Internacional Cervantino, cuya XLV edición terminará el próximo domingo, porque ella es considerada una de las mejores cantantes gitanas. Vinieron con ella cinco músicos húngaros, quienes integran la agrupación Romengo para ofrecer el espectáculo “La fiesta gitana de Hungría”.

La música es lo que alivia el espíritu y contagia alegría a la vida de un pueblo gitano perseguido desde la II Guerra Mundial. Como es usual dentro de su comunidad, Mónika se relacionó con la música gitana desde muy pequeña. De niña fue impulsada por su familia y gente cercana a exponer sus talentos más allá de su pueblo.

Así fue como Lakatos ganó en 1995 el concurso nacional de talentos “Ki mit tud?” (“¿Quién sabe Qué?”) y se involucró en el Teatro Holdvilág en Budapest, donde trabajó como cantante por un tiempo y conoció a su ahora esposo, Mihály “Misi” Kovács, un músico del Conservatorio Béla Bartók.

Juntos decidieron fundar su propio proyecto musical en el 2004, al que llamaron Romengo, y en el que colaboran con cuatro músicos más, también de origen húngaro: János “Guszti” Lakatos y Tibor “Tibi” Balogh con percusión y voz, Richárd Vaskó en el contrabajo, y Mihály “Misi” Kovács en el violín.

Violín, contrabajo, guitarra y percusiones, así como jarras de agua y una batea de madera, forman parte de la instrumentación que utilizó el grupo durante su concierto en México. Anoche, Mónika Lakatos y Romengo dieron nacionalidad mexicana a sus corazones. Y muchos mexicanos se sintieron gitanos de corazón. (Con información de Notimex)

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