El triunfo de Luis Munguía en las elecciones en Puerto Vallarta no fue resultado de una trayectoria sólida ni de una capacidad probada para gobernar; más bien, es consecuencia de una oportunidad política específica. La política es tiempo y circunstancia, y en aquella elección el escenario se acomodó a su favor cuando Morena decidió postular a Chuyita Michel y Movimiento Ciudadano apostó por “el Mochilas”, dos candidaturas que fragmentaron el voto y dejaron el camino despejado.
El respaldo ciudadano no fue un voto de entusiasmo, sino un voto de rechazo. No se votó por Munguía, sino en contra de las otras opciones. Esa diferencia aunque incómoda, explica mucho del momento actual que vive el gobierno municipal.
Hoy ya en el ejercicio del poder, Luis Munguía parece asumir que ese contexto puede repetirse. Su estrategia da la impresión de descansar en la debilidad de la oposición más que en la fortaleza de su administración. Apostar a que no habrá perfiles competitivos enfrente, en lugar de construir resultados que respalden su gestión.
En esa lógica ayuda a entender la tibieza con la que se han atendido los compromisos adquiridos en campaña. Las promesas desaparecen mientras los problemas estructurales de Vallarta como los servicios públicos, movilidad, agua, crecimiento urbano, siguen esperando soluciones claras. La desconexión entre discurso y realidad ya es evidente.
Gobernar desde la comodidad del cálculo electoral suele pasar factura. En una ciudad como Puerto Vallarta, donde el descontento social se acumula rápido, los triunfos circunstanciales no garantizan continuidad. La política concede oportunidades, pero no segundas excusas.