Durante la reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Nayarit, el momento que más llamó la atención fue el mensaje del gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero, pues lejos de mostrar una postura de colaboración entre poderes, su intervención sonó más a reverencia política incondicional con un tono por querer demostrar lealtad y que incluso invalidó la crítica hacia el gobierno federal.
En la reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Nayarit, el momento que más llamó la atención fue el mensaje del gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero, quien en lugar de asumir una postura de colaboración entre poderes, optó por un tono que sonó más a reverencia y devoción política.
Durante su intervención, el mandatario nayarita afirmó que el gobierno y el pueblo de Nayarit están “para servirle”, y que quienes critican de forma “mordaz” al gobierno federal actúan de manera irresponsable. Más que un discurso institucional, sus palabras parecieron una defensa cerrada del poder central, como si la crítica, parte esencial de cualquier democracia, fuera un acto indebido frente a una figura presidencial que, según dijo, debe “respetarse y fortalecerse”.
El problema de ese tipo de declaraciones no es la simpatía política natural entre aliados, sino el mensaje que proyecta. Cuando un gobernador habla de servir a la presidenta en vez de servir a la ciudadanía, se desdibuja la esencia del federalismo. Los estados no existen para prestar servicio al poder federal, sino para representar los intereses de su población y mantener un equilibrio institucional.
El tono del discurso dejó la impresión de un gobernante más preocupado por demostrar lealtad que por plantear exigencias o necesidades para su estado. En un país donde los gobernadores deberían ser contrapesos y gestores, no devotos del poder presidencial, el mensaje terminó pareciendo menos una intervención política y más una especie de oración pública dirigida al poder.
Navarro, con su discurso dio el ejemplo de que cuando desde el poder se intenta presentar la crítica como irresponsabilidad, lo que realmente se revela es una visión autoritaria que confunde la lealtad política con la obediencia absoluta. Nayarit, como cualquier estado, merece un liderazgo que dialogue con el centro, no que se arrodille ante él.