La designación de Jasmín Bugarín no solo respondió a la paridad de género; también abrió una salida frente a una disputa interna que amenazaba con dividir al morenismo nayarita rumbo a 2027.
Durante los últimos meses, la carrera por la gubernatura de Nayarit parecía tener solamente dos caminos: Héctor Santana o el grupo político encabezado por Geraldine Ponce y los Galván.
La disputa fue creciendo hasta convertirse en uno de los enfrentamientos políticos más visibles dentro de la 4T nayarita. Santana llegó a colocarse como puntero en las encuestas, mientras que el grupo de los Galván-Ponce mantenía su propia estructura y aspiraciones.
Durante semanas, buena parte de la conversación política estatal se redujo a quién de los dos bloques terminaría imponiéndose.
Pero había un problema que las encuestas no necesariamente podían medir: ¿qué ocurriría con Morena al día siguiente de la definición?
Porque si Santana resultaba ganador, el grupo contrario podía quedar herido. Y si el triunfo era para el bloque de Ponce, Santana tendría suficientes razones políticas para considerar otros caminos. En cualquiera de los dos escenarios existía el riesgo de una fractura.
Ahí es donde Jasmín Bugarín adquirió un valor distinto.
La senadora no llegaba identificada plenamente con ninguno de los dos bandos que habían protagonizado la disputa. Y eso, lejos de ser una desventaja, terminó convirtiéndose en una de sus principales fortalezas.
Bugarín como la candidata de la unidad
La paridad de género puso una condición importante sobre la mesa, pero no explica por sí sola toda la decisión. También había que encontrar un perfil capaz de asumir la candidatura sin convertir el proceso interno en una batalla que Morena tuviera que seguir librando durante los siguientes meses.
Y Bugarín llegó a la definición con una característica que en política puede ser más importante que una encuesta: capacidad de tender puentes.
El mensaje que ofreció después de conocer el resultado fue revelador. En su discurso, agradeció públicamente a Héctor Santana, quien había encabezado las mediciones.
No fue solamente una cortesía.
En política, los gestos también comunican.
Agradecer al principal contendiente después de haber sido designada envió una señal de cierre del proceso y, sobre todo, de apertura hacia quien hasta unas horas antes competía directamente por la candidatura.
Esto marca un punto importante porque reduce, al menos públicamente, el escenario que durante meses pudo representar uno de los mayores riesgos para el partido: que el grupo derrotado decidiera abandonar el proyecto o convertirse en una fuerza que terminará haciendo sombra a la candidatura oficial.
En otras palabras, Bugarín no solamente ganó la coordinación; recibió también la responsabilidad de cerrar la herida que dejó la contienda interna.
Y quizá ahí está una de las claves para entender la decisión.
Morena no necesitaba únicamente definir quién tenía más simpatías en una medición. Necesitaba resolver quién podía encabezar el proyecto de 2027 sin cargar desde el inicio con una ruptura entre los grupos que forman parte de la 4T en Nayarit.
La política mexicana tiene suficientes ejemplos de lo que ocurre cuando una derrota interna deja heridas abiertas. Ahí está, precisamente, el reto para Bugarín. No se trata de vencer a Santana ni imponerse sobre el grupo de Ponce. Su reto es mantenerlos dentro del mismo proyecto.
Y eso explica también por qué su discurso de unidad era tan importante.
La fotografía del lunes no era solamente la de una nueva coordinadora. Era la de un partido intentando cerrar una disputa entre grupos.
Por eso, reducir la designación a una imposición frente a quien encabezaba las encuestas sería quedarse solamente con una parte de la historia. También puede entenderse como una decisión para evitar que la competencia interna terminara convirtiéndose en un problema electoral para Morena.
La pregunta que queda ahora es si esa estrategia funcionará. Porque ser la candidata que puede conciliar a los grupos es una cosa. Conseguir que esos grupos trabajen juntos durante los próximos meses es otra muy distinta.
Bugarín tendrá que demostrar que puede convertir el discurso de unidad en estructura, acuerdos y operación territorial. Santana deberá decidir qué papel jugará dentro del proyecto y qué tan activo será en la construcción de la candidatura. Y el grupo de Ponce tendrá que definir si acepta que el liderazgo de la sucesión cambió de manos.