El breve regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa dejó algo más que una crisis política, exhibió las tensiones que persisten dentro de Morena y la disputa por el rumbo que tomará el movimiento.
La postura de Claudia Sheinbaum fue clara. La presidenta expresó que no estaba de acuerdo con el regreso de Rocha al gobierno estatal, mientras 23 gobernadores morenistas cerraron filas en torno a la mandataria. El mensaje político fue directo: el respaldo a Sheinbaum pesa más que las lealtades construidas en el pasado.
Y ahí aparece la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Rocha Moya mantuvo una relación cercana con el expresidente, por lo que su regreso pudo ser interpretado como un recordatorio de que las redes políticas construidas durante el sexenio anterior todavía tienen presencia.
Para los grupos identificados con el obradorismo, la señal resulta incómoda. La nueva etapa de Morena parece exigir definiciones: o se camina con Sheinbaum o se corre el riesgo de quedar políticamente aislado.
El caso Rocha no necesariamente significa una ruptura definitiva dentro de Morena, pero sí revela que la lucha por el control y el futuro del movimiento continúa.
Mientras algunos buscan preservar viejas alianzas, otros ya están dejando claro de qué lado están.