Mientras la ciudad enfrenta problemas reales, servicios deficientes, inseguridad percibida, crecimiento desordenado, el alcalde Luis Munguía parece apostar a una fórmula conocida: engrosar la nómina, premiar lealtades y confiar en que el aparato político será suficiente para sostener su proyecto rumbo a la reelección en 2027.
Pero la realidad no se construye desde el escritorio ni desde los círculos de confianza. Se vive en la calle, en el transporte público, en las colonias donde los servicios no llegan o llegan a medias. Y es ahí donde la narrativa oficial comienza a desmoronarse.
Hoy, esa inconformidad ya no es silenciosa. Las redes sociales se han convertido en una evidencia del sentir ciudadano. En las recientes notas sobre sus declaraciones que dan a conocer su posible intención de reelegirse, las respuestas de los vallartenses visualizan la realidad: “No”, “Vuelvo a votar por cualquiera menos por él”.
Lo preocupante no es solo el rechazo, sino la falta de voluntad para reconocerlo.
La apuesta por el favoritismo político puede dar resultados a corto plazo dentro de una estructura, pero difícilmente conecta con una ciudadanía cada vez más informada y participativa. Y menos aún en un destino turístico como Vallarta, donde la exigencia social crece velozmente.
Si el proyecto es la reelección, el camino podría interpretarse como la búsqueda de inflar la nómina y rodearse de incondicionales, sobrepasando el atender lo que la gente está diciendo, incluso las exigencias para recibir servicios básicos.
La política no se gana en la fantasía, se pierde en la realidad y para Munguía, la intención de reelección es una prueba de ello.