Kleopatra Sandoval volvió a escena. Lo hizo en Zapopan, con su primera asamblea informativa, arropada por un discurso que ya resulta conocido: cercanía con la gente, transformación y defensa de la ciudadanía. Palabras que, en el papel, conectan. En la práctica, generan más dudas que certezas.
Su historia política no es menor. Inició en el PRI, bajo una de las sombras más visibles de la política jalisciense: la de su hermano, el exgobernador Aristóteles Sandoval. Después vino el salto al Partido Verde, desde donde en 2024 buscó una diputación federal cobijada por la alianza con Morena y el PT. No ganó. Y tras la derrota, tampoco permaneció.
Intentó entonces construir algo distinto con “Que Siga la Democracia”, un proyecto que no logró despegar en Jalisco. Y ahora, una vez más, el giro: Morena vuelve a ser el destino.
El problema no es cambiar de partido. En política, las transiciones existen y pueden ser legítimas. El problema es cuando el discurso se mantiene intacto mientras las siglas cambian con facilidad. Hablar de principios, de transformación y de poner al pueblo en el centro suena bien, pero pierde fuerza cuando la trayectoria parece responder más a las oportunidades que a las convicciones.
La asamblea ya ocurrió. El mensaje ya se dio. El intento de reconectar con la ciudadanía también. Pero queda la pregunta de fondo: ¿se trata de construir desde el territorio o de encontrar nuevamente el padrinazgo adecuado?
Porque cuando el deseo de poder es más grande que los ideales, la política deja de ser servicio y se convierte en estrategia. Y ahí, el ciudadano cada vez más atento ya no solo escucha discursos: empieza a medir congruencias.